
Hermanos y hermanas en la fe, levanten sus oídos y sus corazones al clamor del Espíritu Santo en este día. Porque el Señor, nuestro Dios, nos habla de manera poderosa y clara, como lo hizo a través de Su siervo Miqueas en tiempos antiguos. Nos recuerda hoy, con la misma urgencia y amor, cuál es el camino verdadero, el camino que agrada al Altísimo, el camino que verdaderamente nos conecta con Su corazón y Su propósito.
Y la Palabra, oh, la Palabra es tan fresca y tan relevante para este tiempo como lo fue en el pasado. El Señor nos dice: "Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios." (Miqueas 6:8).
Esto no es una sugerencia, queridos hermanos, sino un mandamiento vital, un llamado a la esencia de nuestra fe.
Primero, el Señor nos llama a "Hacer Justicia"
No se trata de la justicia fría e impersonal de este mundo. No se trata de sentencias vacías o de legalismos que aprisionan más de lo que liberan. ¡No! El Señor nos llama a una justicia que brota del corazón transformado por Él. Una justicia que ve al prójimo como Él lo ve: digno de respeto, merecedor de equidad, necesitado de compasión.
Hacer justicia es defender al oprimido, es levantar la voz por el que no tiene voz. Es combatir la corrupción en todas sus formas, tanto la que opera en las altas esferas como la que se anida sutilmente en nuestro propio corazón. Es buscar la verdad, incluso cuando es incómoda. Es actuar con integridad en nuestros negocios, en nuestras familias, en nuestras comunidades. Es tratar a los demás como anhelamos ser tratados, reconociendo la imagen de Dios en cada persona. ¡Que nuestra justicia sea un reflejo de la justicia divina, imparcial, constante y llena de amor!
Segundo, nos llama a "Amar Misericordia"
¡Ah, la misericordia! Ese bálsamo celestial que sana las heridas, que perdona los errores, que da una segunda oportunidad. El Señor no solo nos pide que practiquemos la misericordia, sino que la amemos. Que la abracemos, que la adoptemos como un estilo de vida, que la convirtamos en el lenguaje de nuestras almas.
¿Quién de nosotros no ha experimentado la profunda misericordia de Dios en su propia vida? Hemos fallado, hemos tropezado, hemos pecado, y sin embargo, Él nos ha mostrado una y otra vez Su compasión, Su perdón inmerecido a través de Jesucristo. Ahora, Él nos mira y nos dice: ¡Sean ustedes misericordiosos, como también su Padre es misericordioso! (Lucas 6:36).
Amar misericordia es extender el perdón a quienes nos han ofendido, es mostrar compasión al necesitado, es tener paciencia con el que se equivoca, es ofrecer ayuda sin esperar nada a cambio. Es ver las fallas de los demás a través de los ojos de Dios, que ve nuestro potencial y nuestro anhelo de mejora. ¡Que nuestra vida sea un testimonio viviente del amor misericordioso que hemos recibido!
Y tercero, y no menos importante, nos insta a "Humillarnos Ante Nuestro Dios"
En un mundo que glorifica el orgullo, la autosuficiencia y la arrogancia, el Señor nos llama a la humildad. No es una humildad que se arrastra o que se desprecia a sí misma, sino una humildad que reconoce nuestra absoluta dependencia de Él. Una humildad que entiende que sin Él, nada somos, nada podemos.
Humillarse ante Dios es reconocer Su soberanía absoluta, Su poder inigualable, Su sabiduría infinita. Es rendir nuestras vidas a Su voluntad, admitir que Él sabe lo que es mejor, y someter nuestros planes y ambiciones a Su dirección. Es venir ante Él con un corazón quebrantado y contrito, dispuesto a aprender, dispuesto a ser guiado, dispuesto a ser moldeado por Sus manos divinas.
Es en la humildad donde encontramos la verdadera fortaleza. Es en la rendición donde hallamos la libertad. Es en la dependencia de Dios donde nuestra vida adquiere el verdadero propósito y significado. Hermanos, el mundo clama por un cristianismo que se manifieste en estas tres virtudes: Justicia, Misericordia y Humildad. No son meras palabras, son acciones que transforman vidas y reflejan el carácter de nuestro Redentor.
Que el Señor nos conceda el valor para hacer justicia, la gracia para amar misericordia, y el espíritu humilde para postrarnos ante Él, reconociéndolo como nuestro único Dios y Salvador. Que nuestras vidas proclamen este mensaje día tras día, para la gloria de Su santo nombre.
¡Así dice el Señor! ¡Amén!






















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